lunes, 12 de mayo de 2014

Impiedad

Si Beethoven enloqueció en su genialidad musical, yo podría enloquecer por la de nuestro amor. Una inefable teogonía en la cual el desvelo del Dios permanece en nuestras sábanas después del amor. Una tarde, caminando por Sarandí, pensé en que llegabas y te besaba: eras tibia como el aire que respiraba; tenue, como el oleaje sempiterno de la costa en la rambla; atardecías, como el sol que amanece y se pone por el mar. Eras simple, como lo sencillo, pero inmensa, como el espacio universal. Yo entonces no sabía si estabas o no estabas: en tu ausencia eras la presencia más poderosa que podría haber siquiera imaginado, con tus nubes flotando en mi cabeza, con el aroma de tu cuerpo aquella madrugada de enero que, desnudo, se entregó al inicio de un perfecto futuro desconocido (cuán sabios fueron nuestros sentimientos en aquella noche que continúa susurrando en mi oído y que me despierta por las madrugadas en las que la tormenta no arrecia en mi ventana y la humedad todo lo cubre) El dios te conocía, pues la materia del hombre se disipa en cada uno de los individuos y la esencia de tu ser era como la de una criatura del bosque, que deja una huella indeleble, como el aroma absoluto de tu perfume en el enigma de tu habitación.

La ciudad santiaguina está llena de ti, esta noche, en la que el vino cae como un rocío que alimenta mis deseos de tu ser. Cómo quisiera tenerte silenciosa en tu sueño violento junto a mí. Entonces, acariciaría la piel de tu rostro, con la tranquilidad y la parsimonia de un artista frente a una realidad que no comprende, pero cuya belleza emana de su mismo ser: si tan solo supieras lo hermosa que luces a través de mis ojos. Bebería de la miel de tus ojos; me bañaría insistentemente en la profundidad de tu ser; acamparía en tus senos, en la callada línea de tus labios y entonaría un himno a tu cintura. Es probable que la locura nos consuma, pero cuán verdadera es la locura en el amor.

Mañana todo seguirá igual. La calle estará cubierta del misma oleaginoso del aceite que la lluvia no pudo llevarse. Mis errores se eternizarán en la pizarra y no podré mirar por la ventana en una sonrisa. Escanciaré tus palabras cargadas de energías que propicie en tu ausencia, pues si estuvieras yo sabría siempre qué hacer. Mañana quizá será un día de regaños, o quizá cargado de esperanzas y de besos paralelos: así será, quién sabe, el mañana se nos escapa y queda en presente, como aquella empresa que nos atrevimos a emprender y que por causas vesánicas terminó con una vida en que juntos construimos el amor que nunca esperamos el uno del otro.

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